Es la hora de los grandes riesgos, de las grandes osadías. Nos hallamos en el cruce donde se han dado cita, y a donde han llegado en tropel vertiginoso todos los riesgos. No se puede ya rezar, no se puede decir la verdad, no se le puede cantar a la libertad sin que el puño de los verdugos estruje brazos, amordace labios, quiebre plumas y hunda su espada hasta la empuñadura en el pensamiento y las conciencias.
El que se atreve a cantar a la verdad, tiene que ir a platicar con la sombra, a beber y apurar el cáliz de la soledad a la mitad de la noche y encontrarse rodeados de picas ensangrentadas, y por que esta es la hora de los grandes riesgos y de las grandes osadías, es también la hora de la juventud, solamente de la juventud. Los viejos del cuerpo y del alma no quieren, ni pueden tener puesto en esta batalla. Ellos han perdido la osadía y no podrán tolerar ni la visión lejana de los grillos y calabozos.
Pero la juventud sí sabe, sí quiere, sí puede ir y estar en el cruce de los riesgos ásperos de esta hora de sombras. ¡De pie – toda entera-, recia juventud de mi Patria! Que allí en el cruce tormentoso de todos los riegos, estés presente: allí, por encima de las puntas erizadas de la espadas; allí, por encima de los puños crispados de los verdugos; allí, por encima de la legión de todos los pretorianos; allí, por encima de la noche profunda de todas la cárceles y de todos los calabozos, se te vea –en plena embriaguez ante la belleza del riesgo- extender largamente, ansiosamente tus brazos y juntar tus dos manos –olorosas a primavera y mojadas en savia nueva de encino joven y fuerte- con las manos de la verdad, del orden natural, del valor irrenunciable de la vida, mojadas con la frescura de los esfuerzos y sacrificios que implican todas sus batallas, y de esa inmensa embriaguez con estos valores –por encima de todos los verdugos- salgan la Patria y la Juventud, rescatadas, radiantes y vigorosas.